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Volver a casa fue más difícil que irse

  • Foto del escritor: Julia Alvarez Garcia
    Julia Alvarez Garcia
  • 1 jul 2024
  • 3 min de lectura

Volver a la rutina después de 10 meses de viaje


Un día te levantas y sientes que necesitas la comodidad de tu casa, el olor del detergente que tu madre usa en la ropa, aquel sofá donde te pasabas tardes viendo Netflix, la familiaridad de los lugares, de las personas…


Un día simplemente compras un vuelo de vuelta a casa. 


Te presentas con tantas historias, emociones y experiencias y te recibe una falta de interés. Una sensación como si a la gente le molestase que hayas sido capaz de servirte por ti misma.  Sientes que a nadie le interesa saber cómo te has reinventado, que tus relatos de libertad, lucha y descubrimiento parecen ser ajenos a sus preocupaciones. Tú, tan llena de experiencias, eres como un eco que ya nadie parece querer escuchar.


Sales de casa a dar un paseo por el que una vez fue tu recorrido de todos los días para ir al instituto. Nada ha cambiado, pero tú te sientes distinta. Y te sientes así porque no eres capaz de comprender cómo es posible que con tan solo desplazarte unas horas en el aire durante unos cuantos meses que componen la esencia de toda una vida, hayan cambiado todo atisbo de tu anterior percepción de la realidad. 


Te das cuenta de que ya no te atrae la idea de una fiesta o de quedar con aquellos con quienes antes pasabas horas conversando en un banco. Ahora no es suficiente. Esas conversaciones se han quedado heladas en un pasado del que ya no formas parte.


Querrás pasar más tiempo a solas, y de pronto, recuerdos inesperados te atravesarán la mente. Los recuerdos, dulces y amargos a la vez, complicarán el proceso de asentamiento en una nueva versión de la vida que dejaste atrás.


 ¿Qué hay de empezar una rutina? 


Después de haber vivido cada día con una sensación de libertad, de despertar y tener en tus manos las dos palabras más sencillas : Sí y No. Y la capacidad de usarlas tantas veces como quisiese, adentrarse en la monotonía sonaba imposible.


Es curioso, porque, aunque todos sueñan con escapar de la rutina, yo la echaba de menos. Lo que antes me parecía opresivo, ahora se tornaba en algo que ansiaba, una estabilidad que, por primera vez, deseaba con todas mis fuerzas.


Empecé a trabajar 20 horas a la semana que se convirtieron en 30. Estaba siempre cansada, no quería socializar, tan solo encerrarme en mis pensamientos y viajar entre las fotos y vídeos que mostraban aquellos momentos de felicidad que con tanta pasión habían cultivado mi nueva personalidad. Una identidad que tenía tantas ganas de compartir, pero a la que nadie parecía querer escuchar, estaban estancados en una pasada versión de mí. 


Yo, sin embargo, echaba de menos la versión de mí misma, aquella de la que me enorgullecía mientras viajaba. Una pequeña adulta descubriendo poco a poco el significado de la vida, enfrentándose a tantas adversidades con tan poca preocupación. Porque aunque inciertos, los caminos que tomaba eran simplemente míos.


Volver a vivir con mis padres, despedir amistades y recibir tantas nuevas fue más difícil que coger aquel avión sola por primera vez. Porque una vez allí sabía lo que me esperaba, empezar de cero. Sin embargo, volver a casa suponía reencontrarme con viejas costumbres y escenarios de los que me había desentendido hace ya mucho tiempo. 


Cada mañana al abrir los ojos, la sensación de estancamiento me golpeaba. Sentía que ya no podía alcanzar aquel nivel de imaginación y creatividad que tan fácilmente brotaba cuando estaba lejos, en ese lugar que me había transformado.


A día de hoy, sigo enfrentándome a ello. Pero, a diferencia de hace unos meses, ahora tengo una nueva interpretación de mí misma. He aprendido a abrazar este regreso, a reconocer el descanso mental que tanto necesitaba para curar mi "enfermedad" más temida: la falta de motivación, poco a poco me he ido recuperando.


Aquello que estimulaba mi creatividad ya no estaba, ahora, tocaba encontrar aquel elemento que la trajese de nuevo y poder verla florecer. Ese componente clave que nos reaviva está dentro de cada uno de nosotros, tan solo, indaga, cuestiónate y ponte a prueba.


Un día te levantas y sientes que todo ha sido un sueño. Un sueño hecho realidad. No solo te emancipaste de tus padres, te emancipaste de lo normativo. ¿Y sabes por qué lo sé? 


Porque al llegar a tu cuarto, colmado de viejos recuerdos, la percepción de la realidad se trastorna. "¿Realmente viví todo eso?" te preguntas. Solo las experiencias que transforman la vida tienen el poder de alterar esa percepción. Y viajar durante largos meses, recorriendo el mundo, es una de esas experiencias.


Sí, todo fue real. Y sí, puedes volver a ese lugar, aquel que dejaste atrás con un marcapáginas en la memoria.

 
 
 

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