Dejar ir una amistad
- Julia Alvarez Garcia

- 3 may 2025
- 2 min de lectura
Actualizado: 4 may 2025
¿Alguna vez te has preguntado por qué, al hacernos adultos, parecemos tener menos amigos?
Quizás sea porque crecer también significa dejar ir.
La vida está hecha de experiencias que nos transforman. Y esas transformaciones construyen versiones nuevas de nosotros mismos, a veces radicalmente diferentes de las que fuimos cuando ciertas amistades nacieron.
Tú cambiaste. Estás en una etapa completamente opuesta a aquella por la que esa persona te conoció. La conexión, simplemente, ya no está. Se ha transformado en una energía que ya no es compatible con la tuya.
Y no se trata solo de distanciarse. Se trata de reconocer que esa amistad representa una versión antigua de ti con la que ya no te identificas, una versión que incluso preferirías no volver a mirar. Empiezas a preguntarte si esa persona realmente te conoce, cuando te sigue hablando desde un lugar que tú ya dejaste atrás. Menciona recuerdos, actitudes, ideas… de un capítulo que cerraste hace tiempo.
¿Por qué no hablamos del dolor que se siente al terminar una amistad?
No hablo de cualquier amistad, sino de esas que han visto más de ti que cualquier pareja. De personas en quienes invertiste todo lo que sabías dar en ese momento. A veces esas relaciones se pueden reparar. Otras, simplemente se desvanecen. Y entonces, un día, sin ruptura ni drama, te das cuenta de que la has dejado ir.
Otras veces, duele porque no es solo ella, o él, lo que pierdes. Es lo que significaba en tu vida: tu persona de referencia, la que siempre estaba, la que acudías a buscar cuando necesitabas volver a ti. Y sí, también duele soltar lo que esa amistad prometía ser, lo que soñaste que podía llegar a ser.
Nos aferramos, muchas veces, no al vínculo que fue, sino al ideal que construimos sobre él. Y eso no es un error: es una forma profundamente humana de querer.
Abres el armario y encuentras esa sudadera que te habías prometido devolver. Todavía te recuerda aquellas tardes. Pero esta vez, al verla, ya no sientes nada. Solo la distancia, que confirma que el tiempo siguió su curso.
Lo que te duele ahora no es tanto “perderla”. Es aceptar que ya no está como la imaginabas. O, más difícil aún, aceptar que quizás nunca fue como tú querías creer.
Todo había sido construido sobre una versión solo positiva de esa persona, donde no había espacio para lo negativo. Pero ahora, cuando las grietas han roto los esquemas, todo se ha invertido. Y ya no hay vuelta atrás

Comentarios