REPÚBLICA DOMINICANA
- Julia Alvarez Garcia

- 1 ene 2025
- 7 min de lectura

República Dominicana, sinónimo de aguas cristalinas, arena blanca y agua de coco servida a los pies de una hamaca. El destino perfecto para una luna de miel, para un viaje de ensueño o para, simplemente, sentirte influencer por unos días. ¿Pero se merece esa fama? ¿Y si, por el contrario, fuese el destino idílico para sobrevolar tortugas, que te dejen tirado en una isla o pensar que te han secuestrado?
Sigue leyendo para crear tu experiencia a través de la mía, y, sobre todo, para hallar una respuesta a todas esas preguntas que te planteas cuando decides emprender un viaje a un lugar como este: ¿Cuál es la mejor época para viajar a República Dominicana? ¿Qué ver en la República Dominicana? ¿Cuáles son los mejores rincones para disfrutar de un atardecer, las mejores vistas, los lugares más entrañables?
Comencemos este viaje e…Imagina por un momento que acabas de aterrizar en Punta Cana. Estás rodeado de turistas con camisas hawaianas, taxistas dejándose los pulmones para hacer oír sus ofertas entre el bullicio, con cientos de hoteles de lujo a tu alrededor y el suelo repleto de maletas. Sí, a mí me pareció que, por un momento, era domingo y me encontraba en el Rastro, a tan solo unos kilómetros de casa. Pero no.
Y entonces debes tomar una decisión: ¿Cómo voy hasta mi alojamiento? A mí, personalmente, Uber me pareció la mejor idea dada mi situación: una chica sola, sin internet y en Punta Cana, además, de noche. Salí en búsqueda de la matrícula que aparecía en la aplicación; pero, ¿iba a ser tan sencillo como pedir un Uber desde Madrid? ¿Acaso la única diferencia iba a ser que la matrícula del coche tuviera solo una letra y lo demás fueran todo números?
Mi conductor llegó y, cuando apenas habíamos avanzado 500 metros, insistió en que pagase en efectivo-a pesar de previamente haber realizado el cobro con tarjeta. Tras conseguir la cancelación del cobro y quedarme sin los pocos billetes con los que pensaba sobrevivir, recibí una llamada de un número desconocido.
“Hola Julia, soy el conductor del Uber, ¿Dónde estás?”
En ese momento mi cara pasó de tener el moreno puerto riqueño a tener un blanco polar. Me han secuestrado, pensé.
“Para el taxi ahora mismo”, fue lo primero que me atreví a decir, pues, de algún modo, debía evitar que efectuaran con éxito mi secuestro. Lo siguiente que hice fue darle mi teléfono y pedirle que hablase con el que decía ser mi conductor.
Al concluir la llamada, tomé un poco de aire y respiré aliviada. Y es que, al haber cancelado el Uber en marcha, me mandaron a otro conductor al aeropuerto... Todo bien, falsa alarma de secuestro.
Pero volvamos a tu imaginación… Estás en Punta Cana y necesitas desplazarte. A menos que te dejes llevar por el miedo y la influencia de las películas de Antena 3 de la hora de siesta, Uber es una buena opción.
Playa Bávaro era mi destino final. Un pequeño y entrañable hostal sería el alojamiento donde pasaría el resto de mis 3 días en Punta Cana. Para mi sorpresa, al día siguiente, conocí a mis compañeros de cuarto que rondaban los 50 años de edad.
Desde una recién divorciada en proceso de liberación sentimental experimentando todo lo que su matrimonio le impidió, una escritora frustrada que encontraba su inspiración lejos de casa y un amante de las tortugas fueron las tres personas que ese día me inspiraron a salir con una cerveza en mano y recorrer la costa de Punta Cana caminando junto a uno de los atardeceres más bonitos que he presenciado.
Sin embargo, mi paz mental fue interrumpida repetidas veces, cada vez que se me acercaba un vendedor ambulante a ofrecerme excursiones. Una de ellas llamó mi atención: Isla Saona. Un paraíso rodeado de arena blanca y palmeras en mitad del azul del mar caribe. Con barra libre y buffet y con alta probabilidad de ver estrellas de mar.
No digas más. Me apunté.
EXCURSIÓN ISLA SAONA
El tour comienza a las 6 o 6:30 desde tu respectivo hotel donde te recogen. El mío, para empezar, no estaba en la lista, para seguir fui sin agencia y para acabar no tenía saldo para efectuar llamadas. Tras media hora intentando localizar el bus, me rendí, regresé al hostal y escribí al hombre que me hizo la reserva.
“Damos la vuelta y vamos a por ti”. Fueron las palabras que llegaron a los pocos segundos de mi mensaje y que me asegurarían un hueco en el paraíso tropical.
Una vez sentada en el bus me preparé para disfrutar a bordo de un barco con la presencia de una suave brisa marina en la cara, barra libre y unas clases de bachata.
En la excursión, te presentan dos opciones, ir en barco y regresar en lancha o al revés. Si no queréis llegar a la isla con resaca os recomiendo un tour que os lleve a la isla en lancha al comienzo del tour.
Una vez amarrado el barco, mi compañera de asiento con la que previamente había compartidos dos frases, decidimos separarnos del grupo y explorar.
Nos adentramos por un paseo donde la altura de las palmeras no dejaba penetrar la luz del sol. Para nuestra sorpresa, nos topamos con una cabaña hecha de hojas de palmera y rodeada de los restos de las pertenencias que día a día iban dejando atrás los turistas.
Debieron de ser nuestras voces las que incitaron al dueño a salir y recibirnos. Entablamos así una conversación sobre su supervivencia en la isla. “Nos las apañamos sin agua corriente o electricidad. La naturaleza es suficiente”.
Para mí ‘suerte’, me tropecé, y me corté el pie, pero no había tiempo para pararse, además el alcohol había inhibido mi umbral del dolor.
El punto de encuentro se encontraba kilómetros atrás, estábamos disfrutando del agua cristalina y el bronceado casi instantáneo con el que nos recibía el sol cada día.
El pánico invadió nuestro cuerpo a las 3 de la tarde, hora de salida de la isla cuando vi unos barcos alejándose entre las olas, ¿sería el nuestro?
Decidimos seguir avanzando en las profundidades de la isla, siguiendo aquellos senderos marcados por las pisadas de los visitantes.
Decidimos emprender rumbo a la zona común, pero paso que dábamos, grupos que veíamos adentrarse y alejarse hacia la famosa piscina natural.
Cuando llegamos al campamento no había ni rastro de un alma, solo nuestras dos bolsas negras apartadas en una esquina en un banco entre las seis mesas de picnic.
Miramos hacia el mar… efectivamente, ahí estaba nuestro barco.
Frenéticamente empezamos a gritar, a alzar nuestras manos al aire en señal de que volviesen.
A duras penas, pero volvieron.
Nos recibieron, unas cuantas caras amargadas, y varios aplausos, pero conseguimos no quedarnos una noche en una isla prácticamente desierta.
Aunque ahora que lo pienso igual me habría merecido la pena quedarme una noche en la isla porque fue poner un pie en el barco, resbalarme, caerme de espaldas y aguatar las miradas de rencor de varios tripulantes durante el siguiente trayecto de 30 minutos.
Una vez en la piscina natural más grande del mundo VI UNA ESTRELLA DE MAR.
Un simple viaje en barco me dio la oportunidad de entablar conversaciones con multitud de
personas, entre ellos, un chico brasileño con el que acabé haciendo…
PARAPENTE
La mañana de mi ascenso sobre las aguas de Punta Cana se caracterizó por una actividad poco practicada, sin embargo, muy necesaria. Comer sola en un restaurante.
Una decisión impulsiva inspirada por una actitud de "¿Por qué no?" fue la motivación que me llevó a adentrarme a hacer parapente. En ese momento, nada iba a detenerme, así que decidí invitar al chico que conocí el día anterior para que me acompañara. Para mi sorpresa, dijo que sí y unas horas después. estábamos dependiendo de un arnés, un paracaídas y la única sujeción de una cuerda. Fuimos remolcados por una lancha hasta que la fuerza del viento nos elevó 30 metros por encima del agua.
“Qué es esa sombra debajo nuestra?” Nos repetíamos cada vez que algo flotaba hacia la superficie. De repente, el pánico inundó nuestros cuerpos cuando nos precipitamos al agua y aquellas misteriosas sombras pasaron a estar a nuestro lado.
Eran tortugas. A pesar de ser un animal inofensivo, el hecho de haber caído desde 30 metros de altura y ver como a cámara lenta nos mimetizamos con las olas elevó nuestras pulsaciones.
A pesar de recomendar esta actividad a todo el mundo me alegré de volver a tocar tierra.
SANTO DOMINGO
Uber una vez más, fue mi vía de transporte hasta la estación de autobuses que me trasladaría hasta la capital dominicana.
“Es Jesús Sacramentado, Dios eterno e inmortal” fue la sinfonía que acompañaba a mi conductor en los altavoces del coche. Las calles se encontraban inundadas de personas camino a pasar un día en la playa, motos que se buscaban un hueco por el que escaquearse de los semáforos y por otro lado estaban los buses, los cuales no tenían mas remedio que esperar a la luz verde de un semáforo que funcionaba esporádicamente.
Mientras gritaba a uno de los peatones por saltar a la carretera sin prudencia, el conductor apartó la mirada de lo que realmente importaba, el bus que teníamos delante. Nos chocamos. Afortunadamente ambos fueron civilizados y 5 horas después me encontraba en Santo Domingo.
Piropos no deseados, miradas lascivas y comentarios sobre mi aspecto fueron la parte principal de este corto trayecto por la capital. De entre todos los lugares de América por los que he pasado, Santo Domingo fue el lugar donde los hombres se veían en mayor necesidad de demostrar su masculinidad y superioridad.
La República Dominicana fue aquel paraíso que me sacó de lo poco que me quedaba de mi zona de confort y dar una oportunidad a conversar con todo el mundo. Fueron 4 días muy intensos pero llenos de emociones que hicieron que la generosidad y simpatía de los extraños nunca deje de maravillarme.


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