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MARRUECOS

  • Foto del escritor: Julia Alvarez Garcia
    Julia Alvarez Garcia
  • 1 ene 2025
  • 17 min de lectura

Planea no planear nada


Por qué viajar sin ticket de vuelta se ha convertido en mi hobby?


Marruecos es un país de contrastes donde la aventura y la improvisación van de la mano. Aquí, esquivar estafas forma parte del juego, el Sáhara se extiende como un océano de arena, las cabras desafían la gravedad en lo alto de los arganes y las olas del Atlántico esperan a los surfistas más intrépidos. Pero más allá de la adrenalina, Marruecos es también el destino perfecto para los viajeros que prefieren perderse antes que seguir un mapa. En este país, los mejores planes son los que no se planean.




No planear. Suena contradictorio cuando hablamos de guías de viaje y los cientos de blogs que habrás leído antes de aterrizar aquí, ¿verdad?


Hacer una lista de lugares imprescindibles siempre es buena idea, pero ¿y si dejas que Marruecos te los muestre a su manera?


Este es un país que se descubre con los sentidos. Tal vez a través de calles que no aparecían en tu itinerario, de personas que se cruzan en tu camino y se quedan en tu memoria, o simplemente aprendiendo a mirar con calma.


Así, sin darte cuenta, terminarás probando el mejor tajín en un restaurante escondido, rodando por las dunas del Sáhara bajo un cielo teñido de naranja o compartiendo historias con desconocidos en un vagón de tren mientras te revelan los rincones más fotogénicos del país.


Aquí, más que seguir un mapa, sigue a los gatos callejeros. Al final del día, siempre saben dónde están los mejores lugares.

Así fue mi viaje a Marruecos: una ruta sin rumbo fijo.

Siete días, ninguna ruta definida, solo una certeza: debía estar en casa por Navidad.


Primeras Impresiones


Un destino que, pese a su proximidad con Europa, parece pertenecer a otro mundo. Siglos de enriquecimiento cultural han hecho que Marruecos sea el principal atractivo turistico del continente africano ¿Serán sus atardeceres dorados en el desierto, el perfume embriagador de especias flotando en el aire, las fachadas de adobe que cuentan historias centenarias o la calidez de su gastronomía, siempre acompañada de un humeante té de menta?


Si sueñas con unos días de aventura al más puro estilo Indiana Jones, pero sin alejarte demasiado de casa, Marruecos es tu destino. En este artículo descubrirás cómo viajar por el país sin preocupaciones y disfrutar de su esencia sin estrés.


Volvía de Túnez, llena de expectativas por encontrarme con un país algo menos caótico sin perder la esencia norteafricana.


Camino a coger el avión que me llevaría a Marrakech me encontré con una serie de obstáculos. Empezando por la clásica negociación de precios y la fallida traducción entre idiomas, aprendí que la palabra MATAR en árabe significaba aeropuerto, no el final de mi corta vida.


Finalmente, tras dos escalas, aterricé en Marrakech con las piernas entumecidas, ansiosa por soltar la mochila y encontrar algo que despertara mis papilas gustativas. Lo que no sabía en ese momento es que esta ciudad estaba a punto de servirme una experiencia que iría mucho más allá de la gastronomía.


Me alojé en la Kasbah, una zona recomendada para turistas si no quieres acabar en un barrio alejado de la medina y el zoco.


Puestos de comida callejera, niños jugando al fútbol y muros de barro decorados con coloridos mosaicos marcaron los caminos que seguí para no perderme en las estrechas calles del centro.


Después de finalmente comer algo —una pizza—, decidí volver al hostal y dejar que mi cuerpo se recuperara del viaje.


Siete horas después, con las fuerzas recuperadas, decidí que era el momento de perderme entre las callejuelas de Marrakech en busca de sus tesoros más ocultos.


El centro de Marrakech. "Ser una cartera andante"


Una sucesión de estafas que ocurrirían a lo largo del viaje


"Gratis": la palabra mágica que despierta emociones en el corazón de cualquier viajero español. Si a eso le sumamos “tour gratuito por Marrakech”, el gancho es infalible.


Un recorrido por las atracciones principales, un breve contexto histórico y un atajo pasando específicamente con tiendas a precio de turista.


De repente, te ves frente al guía que exige 15 euros a cada persona, y descubres que todos han pagado excepto tú.


Salí corriendo, solo tenía 3 euros para todo el día.

Me adentré en el caos del zoco, un laberinto de callejuelas estrechas y aromas que se entrelazan entre las manos ágiles de las mujeres que querían sin éxito llenarme de henna. Logré sacar una foto a las cobras, esas serpientes fascinantes, moviéndose al ritmo de la flauta, como si de una coreografía se tratara. Antes de que los "dueños" se diesen cuenta, escondí la cámara rápidamente. En estos lugares, tomar una foto puede costar hasta 20 euros, aunque, a veces, basta con mirarlas para que te lo reprochen.


Y en cuanto a los “buenos samaritanos” que ofrecen su ayuda para orientarte, no son más que guías encubiertos. Te llevan por un recorrido que inevitablemente termina en una fila interminable de tiendas de souvenirs, donde lo único que se acumula es una sensación de agobio y la inevitable exigencia de pago por un servicio que jamás pediste. En el zoco, como en todo buen mercado, todo tiene un precio, y el truco es saber cómo evitar caer en él.


Si creéis que estas son todas las tramas turísticas, estáis equivocados...Fue en mi siguiente destino, Merzouga, en pleno corazón del Sáhara, donde me esperaban las artimañas más ingeniosas.


Cómo vivir una auténtica historia de orgullo marroquí


Antes de darme cuenta, las horas habían pasado volando y ya eran las 3 de la tarde. Había recorrido a pie cada rincón del vibrante centro de Marrakech, y aunque la ciudad tiene la capacidad de cautivar a cada paso, mi cuerpo pedía un descanso urgente. Sin energía y con las reservas de dinero menguando, supe que era hora de regresar. Así que, con el móvil en mano, consulté Google Maps para verificar cuán lejos estaba de "For You Hostel", mi refugio para la noche. Apenas 20 minutos caminando.


Al llegar y desplomarme sobre la cama, el cansancio me invadió de inmediato, y cerré los ojos, esperando un reparador descanso. Sin embargo, una hora después, fui despertada por un cántico que llenaba el aire. Durante un segundo, me invadió la duda: ¿había regresado por error a Madrid, en plena Nochebuena, y mi abuelo estaba practicando su concierto anual?


Era un ambiente completamente diferente al que uno espera encontrar en un día cualquiera en Marrakech. La ciudad, siempre vibrante y llena de vida, se transformaba esa tarde en un escenario de fervor y emoción, mientras Marruecos luchaba por su puesto en la final del Mundial contra Portugal.


La multitud, llena de energía y esperanza, se dirigía en masa hacia la emblemática plaza Jemaa el Fna, donde una enorme pantalla transmitía el partido para todos aquellos que no podían permitirse perder ni un segundo de la acción.


Allí estaba, sosteniendo y agitando una bandera roja y verde en el aire, abucheando cada vez que Portugal se acercaba al gol. El aire estaba cargado de emociones intensas: el olor a pólvora de los cohetes estallando por cada gol, cientos de rostros pintados de rojo y verde, y ojos que seguían con atención cada jugada en la pantalla, sabiendo que ese partido definiría el destino de millones de personas esa noche.


En ese preciso momento, el fútbol se convirtió en algo más que un simple juego; fue una expresión de identidad, una conexión profunda con el alma de Marruecos. Pasión, emoción y una tensión palpable llenaban cada rincón de la plaza, haciendo de aquel instante un evento verdaderamente único en la historia del país.


Minuto 90+8. El partido llega a su fin. Marruecos gana. La plaza estalló en una explosión de alegría: fuegos artificiales iluminando el cielo, banderas ondeando con orgullo, gritos de euforia, abrazos colectivos, y un mar de personas lanzándose al aire. Todos los coches y motocicletas tocando el claxon. El mundo se detuvo por unas horas solo para celebrar la victoria. Se lo merecían.


Decidí, en medio de la conmoción, intentar escapar del bullicio y caminar por un parque cercano. Sin embargo, al poco rato, un joven se cruzó en mi camino y, con una expresión algo confundida, me preguntó si hablaba inglés. ¿Era mi cabello ligeramente rubio o mi esfuerzo por alejarme de la multitud lo que me delataba como un extranjera?


Respondí que sí. Me dijo que quería practicar su inglés. Lo que siguió fue unas 4 horas de charla en un bar, donde un desconocido me convenció de comenzar mi próxima aventura.


Una travesía de tres días hacia el corazón del Sahara


-Cómo comenzó:

Tras una tarde llena de adrenalina, donde mi ritmo cardíaco no conseguía bajar de las 160 pulsaciones por minuto, me encontraba listo para descansar. Sin embargo, una conversación con el personal del hotel cambió el rumbo de mi noche. Al comentarles que no tenía planes para el día siguiente, me ofrecieron una propuesta que no pude rechazar.


"¿Qué tal pasar tres días en el Sahara, con todo incluido?" La mención de "todo incluido" hizo que mis ojos se iluminaran al instante.


Uno de los recepcionistas se ofreció a llevarme, y en cuestión de minutos estaba montado en una moto por los callejones de la kasbah.


Mi ritmo cardíaco alcanzó nuevamente su pico más alto mientras me aferraba con todas mis fuerzas al chico cuya única preocupación era adelantar al resto de las motocicletas. DespuésDespués de esquivar varios accidentes, finalmente llegamos a la rotonda donde se encontraba el cajero automático.


Introduje mi tarjeta y, en cuestión de segundos, tenía 1000 dirhams en las manos. Un dinero que se evaporaría rápidamente, apenas unos minutos después, al firmar la reserva para mi viaje


Estaba ansiosa, nerviosa por saber si alguien realmente vendría a recogerme esa mañana. La recepción estaba vacía, todas las luces apagadas y no se escuchaba el sonido de ningún motor de coche que me alertara de que mi conductor estaba afuera.


De pronto, un parpadeo de luces iluminó la habitación y, bajando por las escaleras, apareció un chico vestido con una Yilaba, la prenda tradicional marroquí. ¿Vas al desierto también? Me preguntó. La respuesta fue afirmativa, y en ese instante sentí una sensación de alivio: no iría sola.


Un golpe en la puerta nos indicó que era hora de irnos. Abrimos y un hombre pidió nuestros nombres. Nos metieron en una furgoneta blindada con otros cinco turistas dentro que parecían no haber dormido ni un segundo la noche anterior. ¿Tal vez por una intoxicación alimentaria que los mantuvo despiertos?


Día 1: Ait-Ben-Haddou & Dades Gorges






El viaje al desierto de Marruecos es una experiencia única, que toma alrededor de 11 horas en carretera. En el primer día, el recorrido te lleva a un hotel cerca de las impresionantes Gargantas del Dades, y al día siguiente, el destino final es Merzouga, puerta de entrada al vasto Sahara.


En cuestión de horas, el chico que conocí en el hostal y yo nos convertimos en compañeros y, después de compartir nuestras experiencias, en amigos.


Llegamos a Ait Ben Haddou, un pequeño pueblo que ha adoptado diferentes personalidades a lo largo de los años. Desde sus orígenes como una kasbah (castillo) y punto de parada en las rutas comerciales entre Marrakech y el desierto, hasta convertirse en un set de cine para películas como Gladiator, Game of Thrones o James Bond.


Este pueblo, sin agua potable ni electricidad, alberga a los pocos habitantes que aún se aferran a la vida tradicional, utilizando burros como su principal medio de transporte. Ait Ben Haddou es una cápsula del tiempo, donde la historia se materializa en sus casas de adobe, que se extienden por la ladera de la montaña, brillando con tonos rojizos y naranjas bajo el sol del desierto. Sus puertas majestuosas, custodiadas por camellos, son una primera muestra de la magia que invade el lugar, un laberinto urbano que te envuelve con su autenticidad.


Aunque Ait Ben Haddou es sin duda uno de los destinos más recomendados de Marruecos, no todo es tan idílico como parece. Como en cualquier lugar de gran renombre, también existen caras menos conocidas que vale la pena explorar. Pasemos a conocer la otra realidad que esconde.


Estafas Parte 2


Para llegar al centro de este pequeño pueblo, debes cruzar un río caminando sobre un puente hecho de sacos, bastante resbaladizo, quizás hecho de esa manera a propósito. A lo largo de este recorrido, es probable que te encuentres con niños locales que, con una sonrisa traviesa, se ofrecerán a tomarte de la mano y guiarte hasta el final del puente. Si consiguen su objetivo, lo único que escucharás al final de este "favor" será la palabra "dinero".


Por otro lado, hay un detalle que no te cuentan hasta el final de la visita: tendrás que pagar por la entrada a la kasbah. Antes de ello, te enfrentarás a tu próximo obstáculo: subir hasta la cima. Además de llegar con el sudor empapando tu rostro y las rodillas temblorosas, serás acorralado por algunos niños que sostendrán una lagartija, y solo con mirarla te seguirán por toda la ciudad hasta que consigan algo de dinero.


También te encontrarás con varios guías durante el recorrido, quienes, si no logran sacar dinero de tu bolsillo, lo harán generando comisiones al llevarte a puestos específicos donde el precio para los turistas es tres veces más caro que el normal, o como nos ocurrió a nosotros, te llevan al único restaurante en un radio de 30 km, donde no tienes más opción que pagar el menú completo que ofrecen.


Dejamos atrás Ait Ben Haddou y nos adentramos en las impresionantes Gargantas del Dades, un desfiladero profundo enclavado en el Alto Atlas, cuyas formaciones rocosas, con sus extrañas figuras, me evocaban los castillos que solía construir en la playa durante mi niñez.


Nuestro primer día llegó a su fin. El sol se desvaneció lentamente, habiendo dejado tras de sí unas imágenes espectaculares durante la hora dorada.El frescor de diciembre a 2000 metros de altura se convirtió en el protagonista de la noche. Llegamos a un hotel, donde un hombre envuelto en una gran cantidad de turbantes comenzó a mencionar algunos nombres, entre ellos, los de las personas con las que más congenié durante el interminable viaje en autobús.


Sin saber si volveríamos a vernos, corrimos a pedirnos nuestros Instagrams.


Día 2: Desierto del Sahara


¡Hoy era el día! ¡Llegábamos al Sahara!


Sorpresa, no llegamos hasta 11 horas después.


Tras un desayuno temprano y, en mi caso, también un almuerzo improvisado con pan envuelto en servilletas, fuimos llevados a un pequeño pueblo bereber. Allí, por primera vez en el viaje, el guía nos aseguró que no seríamos estafados. Cinco minutos después estábamos en una casa donde intentaron vendernos alfombras de 2000 €.


A la hora del almuerzo, fuimos varios los que nos negamos a pagar. Con una pelota que trajo un grupo de niños lo que comenzó como unos cuantos toques, pronto se transformó en un partido de fútbol improvisado.


La puesta de sol era a las 6:30, el tiempo se nos escapaba y aún estábamos dejando a la gente en sus respectivos tours, y, por supuesto, el nuestro era el último. Fue media hora antes del atardecer cuando nos sentaron en los camellos. Debo decir que no fue la experiencia más cómoda, especialmente para los chicos.


Nos dieron unos minutos, que luego se alargaron a 20, para ascender a una de las dunas más grandes y presenciar cómo el sol se ocultaba detrás del horizonte, tiñendo el cielo de colores naranjas y dorados. Hicimos un "ángel de nieve", gritamos, tomamos fotos y dejamos que la arena se convirtiera en parte de nuestra ropa.



Finalmente, llegamos al campamento en pleno desierto del Sahara, y durante unos 30 minutos, estuvimos completamente solos. Un grupo diverso de 20 turistas, rodeados por la vastedad y el silencio de las dunas, esperábamos ansiosos que alguien nos indicara en qué tienda pasaríamos la noche.


Poco después, apareció un hombre que, con las luces intermitentes de su jeep, iluminó el campamento y nos condujo hacia el comedor. Un espacio acogedor, compuesto por una pequeña tienda decorada con alfombras tradicionales y cuatro mesas diminutas, donde se nos sirvió la cena.


Una ensalada para compartir entre seis personas fue el plato principal, el primero y el último, ni siquiera la bebida estaba incluida. No hace falta decir que todos esperábamos ingerir algunas calorías más en ese clima de 5 grados.

El olor a madera quemada y humo llamó nuestra atención un rato después de haber terminado nuestros platos. Decidimos salir a ver qué estaban preparando. ¿Quizás marshamellows?


Al acercarnos vimos una fogata donde encontramos unos tambores tradicionales y, como no podía ser de otra manera, decidimos probar suerte tocándolos. Lo que comenzó como una simple diversión terminó convirtiéndose en una obligación, ya que nos vimos envueltos en una ceremonia de canto y música que duró toda la noche.


Al ritmo de los tambores y los cánticos tradicionales, bailamos en círculos alrededor del fuego, rodeados por el vasto cielo estrellado del desierto. Esta experiencia tan auténtica y envolvente fue el cierre perfecto para nuestro día en el Sahara.


Día 3: Sandboarding


Desperté con el sonido de tres alarmas diferentes, aturdida y aún procesando la experiencia de haber pasado la noche en pleno desierto. ¿Realmente había dormido en el Sahara?


Un bufé de desayuno nos esperaba en la misma tienda que albergó nuestra cena la noche anterior. Aunque la oferta de café era tentadora, opté por evitarlo. Sabía que me esperaba el viaje en autobús de 11 horas más largo de mi vida, y no quería arriesgarme.


Después del desayuno, llegó el momento de despedirse de esta curiosa aventura.


"¿Quién quiere regresar en camello, quién quiere hacerlo en jeep?" preguntaron los guías. ¿Alguien se anima a hacer sandboarding? ¿Lanzarme por las dunas a las 5 de la mañana, sin luz y sin seguro? Miré a Schneider y ambos dijimos que sí. Por un precio razonable de 10 euros, "¿Por qué no?" fue la frase que resonó en mi cabeza.


La arena estaba tan fría como la nieve, el sol aún no había salido y ahí estábamos, lanzándonos en la arena sin saber exactamente qué había delante nuestra, teniendo que escalar dunas de más de 10 o 15 metros de altura y luchando en el proceso.


Casi con hipotermia y habiendo logrado no rompernos ningún hueso, decidimos que era hora de dejar atrás la arena, que incluso a día de hoy sigo encontrando escondida en los rincones de mi casa.


Sentados en un jeep, comenzamos a cruzar las dunas de lo que minutos antes había sido nuestra rampa profesional de snowboard. Desafiando la gravedad, subíamos y bajábamos las dunas en cuestión de segundos. Esa sensación que sientes en el estómago al bajar una carretera en coche se multiplicaba por tres.


El resto del día consistió en regresar a Marrakech, de la cual solo recuerdo haber intentado dormir y despertarme múltiples veces por los bocinazos para asustar a las cabras en las carreteras.


Merece la pena el tour del Sahara?


El Sahara es, sin duda, una experiencia que merece la pena, pero el tour, en algunos casos, puede no estar a la altura. He tenido la oportunidad de ver opciones que van desde los lujosos tours de 400 euros hasta aquellos de solo un día. Ni uno ni otro parecen ser la mejor opción: no es un recorrido por el que debas pagar más de 80 euros y, además, debido a la distancia, no es algo que puedas hacer en un solo día.


Un detalle a considerar es la cantidad de horas que pasarás dentro del autobús solo mirando por la ventana.


Además, solo se incluyen tres comidas, lo que puede dejarte con la sensación de que la experiencia en sí misma podría ser más completa si se gestionara mejor el tiempo en el destino.


Mi Punto de Vista


Conducir durante más de medio día por los caminos del desierto me brindó una perspectiva completamente diferente a la frenética atmósfera de Marrakech. En contraste, lo que predominaba era el silencio. Durante el trayecto, tuve la oportunidad de observar pequeñas familias formadas por dos o tres personas y un burro, habitaban en humildes viviendas de adobe en medio de la vasta extensión del desierto.


Un estilo de vida que para nosotros, provenientes de un continente altamente desarrollado, resulta difícil de comprender. ¿Cómo es posible que alguien pueda vivir en esas condiciones? Tal vez no lo sepan, o tal vez lo sepan y hayan elegido vivir de esa manera. Un entorno que para muchos sería inimaginable.


Después de dormir en una tienda en el desierto, comer tahini durante una semana, racionar agua, no poder lavar la ropa durante días y ducharme con agua fría, uno termina dándose cuenta de que ha cambiado. Y por muy simple que sea lo que acabo de describir, esto te hace ser consciente de que ya no necesitas la mitad de las cosas que antes pensabas que eran esenciales.


Viaje exprés a Tánger


No tenía un itinerario fijo para dejar Marruecos, solo la condición de estar en casa para Navidad.


Mientras revisaba opciones de vuelos, me encontré con uno para el 16 de diciembre por solo 15 euros. ¡Genial! Me quedaban 3 días más para explorar...


James, un chico que conocí en el tour al Sahara tres días antes, se convirtió en mi compañero de viaje en el tren hacia Tánger a la mañana siguiente.


Íbamos rumbo a Casablanca, llovía a cántaros y él ya se estaba arrepintiendo de haber aceptado explorar Marruecos sin un plan...


De repente, el tren se detuvo durante media hora, lo que nos hizo perder la conexión con el siguiente. Afortunadamente, conseguimos subirnos al próximo tren con destino a Tánger. Pero la aventura no terminó ahí. Pero la historia no terminó ahí. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos, una enorme tormenta nos esperaba. Toda la ciudad estaba inundada..


Con pocas opciones disponibles y la idea de ahorrar dinero en mente, descartamos la idea de tomar un taxi y decidimos caminar. Durante 40 minutos, luchamos contra la lluvia, con los zapatos empapados por los charcos y el barro que se iba acumulando en nuestras zapatillas, debido a los restos de la arena del desierto.


El torrente de agua que caía era tan fuerte que incluso el interior de nuestras mochilas acabó siendo víctima de la tormenta. Cuando finalmente llegamos al hostel, el pasaporte de James estaba tan mojado que el recepcionista tuvo que recurrir a un secador de pelo para intentar salvarlo



Esa noche decidimos llevar solo lo que estuviera seco para nuestra siguiente parada, Chefchaouen. Dicho esto, tomamos prestado un ventilador y dejamos nuestra ropa secándose con aire frío durante la noche, rezando para que funcionase.


A la mañana siguiente, un tímido rayo de sol nos despertó, pero la claridad no duró mucho. Con el autobús a las 3 de la tarde, decidimos aprovechar el tiempo y recorrer a pie la ciudad en su totalidad hasta llegar a la estación.


Quedaban 10 minutos para llegar a la estación cuando la lluvia empezó de nuevo. Esta vez no quisimos arriesgar. Intentamos conseguir un taxi desesperadamente y, tras unos minutos, estábamos dentro de uno. 50 céntimos por un trayecto de 5 minutos. Europa podría aprender algo de las buenas tarifas de taxi...


Chefchaouen: El Paraíso Azul del Cannabis


Tras serpenteantes caminos llenos de baches, finalmente llegamos a nuestro destino. Nadie te advierte que el centro de Chefchaouen se encuentra en la cima de una colina, por lo que, sin recurrir al GPS, continuamos nuestra marcha hasta llegar al hostel.


Poco después de saludarnos, el recepcionista nos ofreció marihuana y "todo lo que pudiéramos necesitar". Y es que, Chefchaouen se ha consolidado como uno de los epicentros del denominado “turismo del cannabis”, un fenómeno que ha crecido en los últimos años, beneficiando a unas 80,000 familias en la región del Rif, donde este negocio ilegal tiene gran peso económico.


A primera vista, no entendimos de qué tanto alardeaba la ciudad; vale, algunas cosas estaban pintadas de azul, pero nada relevante.


Luego, caminamos por unas cuantas calles, esquivamos a algunos traficantes y entonces lo entendimos. Un laberinto de tonalidades azules. Las escaleras, el suelo, las macetas de flores; todo parecía estar perfectamente diseñado en una paleta de azules, creando un contraste armonioso con los gatos que se apoderaban de cada rincón.



Cuando hablo de que hay gatos por todas partes, me refiero a que es común que estos felinos compartan espacio con los huéspedes en las habitaciones de los hostales.


Una forma de saber si estás en un buen lugar es fijarte en la salud de los gatos.


La maravillosa aventura con las aerolíneas low-cost


Nuestro tiempo en Marruecos llegó a su fin. Llegamos al aeropuerto unas 3 horas antes de nuestro vuelo a Madrid, sin ningún motivo en particular, aparte de tener que imprimir nuestra tarjeta de embarque, ya que en países como Marruecos o Túnez, por ley, tienen que sellarla, así que siempre es recomendable tener la tarjeta de embarque impresa.

A pesar de que ya habíamos realizado el check-in, nos encontramos con un obstáculo al intentar pasar por seguridad. Un hombre se acercó, nos informó que el vuelo había sido retrasado hasta la 1 de la mañana, coincidiendo con la hora de llegada originalmente prevista en España.

Minutos después, una tensa disputa entre los pasajeros y los trabajadores del aeropuerto dio lugar a un caos en el que James y yo, perdidos entre gritos en árabe, solo pudimos intercambiar miradas de incredulidad.

Tras una hora de espera, nos dijeron que nos dirigiríamos a un hotel. Sin saber exactamente a dónde íbamos, nos subieron a un autobús a las 3 de la madrugada y nos dejaron en un hotel de 5 estrellas. EnAl llegar, la gente se aglutinaba para conseguir habitación lo antes posible, mientras que nosotros optamos por explorar el lugar. Vimos la cocina, el comedor y hasta intentamos acceder a la piscina. No fue sino hasta las 4:30 am que nos asignaron una habitación, para luego decirnos que debíamos abandonar el hotel a las 7 amNos perdimos el desayuno, del que no nos informaron, y regresamos al aeropuerto, donde una vez más nuestro vuelo sufrió un retraso, lo que nos llevó a aterrizar en España dos horas más tarde de lo previsto. En resumen, si optas por un vuelo de 16€, no te sorprendas si terminas deambulando por un hotel a altas horas de la madrugada, acompañado de otros viajeros un tanto alterados.

 
 
 

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