ESTONIA
- Julia Alvarez Garcia

- 30 jun 2023
- 4 min de lectura
Actualizado: 17 feb 2025
El peor de los escenarios como voluntario
"Bienvenidos a Pillapalu, la granja de setas medicinales"
Las primeras experiencias suelen dejar huella, aunque no marquen tu destino.
Trabajar como voluntario se ha puesto muy de moda, con aplicaciones como Worldpackers que sirven de puente entre anfitriones de distintos países que se ofrecen a darte alojamiento y comida a cambio de tu trabajo.
A veces, estas condiciones se olvidan y se confunde el concepto de voluntario con el de trabajador.
Aquí mi experiencia:

Estonia fue el primer destino que elegí como inicio de mi Gap Year. Con -5°C, una posible tormenta de nieve e inmensas extensiones de vegetación, parecía el destino idóneo para empezar a trabajar en una granja especializada en Chaga, un tipo de seta, famosa por sus propiedades medicinales.
El aire que me heló la sangre tras salir de la terminal del aeropuerto era fino y frío. Se podía respirar profundamente a diferencia de mi gran ciudad, Madrid.
El tren que me llevaría a Pillapalu atravesaba inmensos bosques llenos de árboles altos y esbeltos que ocultaban todas las pequeñas aldeas por las que pasábamos. Para mi sorpresa, cuando por fin llegué a la casa donde pasaría las dos semanas siguientes, me di cuenta de que estaba en las afueras, sin ningún atisbo de civilización.
Tras una pequeña charla introductoria y un recorrido por las instalaciones caracterizadas por multitud de vegetación, cabañas e incluso una sauna, me presenataron a Camilo, el otro voluntario.
Fueron cinco minutos los que tardé en darme cuenta de que había un ambiente extraño. Digamos que había un aura peculiar en la atmósfera.
Los primeros días como voluntario pueden ser una prueba de fuego. Adaptarse rápidamente a un nuevo país, enfrentarse a desafíos desconocidos y asumir tareas que nunca antes habías realizado en trabajos previos, puede generar una sensación de desorientación, como si estuvieras fuera de lugar. Es en ese momento cuando el desconocido se convierte en la nueva normalidad.
Empaquetar polvo de setas en bolsas de plástico durante horas fue, sin duda, una de esas experiencias que hacen cuestionarse las decisiones tomadas. No había llegado a Estonia para esto. Mi propósito no era convertirme en un figurante de Breaking Bad, sino sumergirme en la esencia del lugar, disfrutar de su misterio y su calma.

Para romper la monotonía de ese trabajo casi robótico, nos enviaron a cortar madera con hachas y construir una cabaña donde luego guardaríamos los 30 kilos de leña que producíamos cada día.
Muchas ocasiones nuestro huésped no explicaba las tareas con claridad lo que nos llevó a tener varios malentendidos y un constante sentimiento de frustración. Cada día, parecía que nos adentrábamos en un terreno incierto y la comunicación se convertía en un juego de adivinanzas, dejando siempre la sensación de que no estábamos cumpliendo con lo esperado.
“No cojáis cosas sin permiso” nos dijo por habernos bebido el vino que la noche anterior nos mandó embotellar y consumir antes de que "perdiese sus propiedades".
“Salid de aquí ahora mismo” nos gritó la mujer tras entrar en el salón a colocar los 15 kilos de leña que previamente nos había mandado llevar.
“Esto no es un hotel de 5 estrellas” nos dejó claro, tras prohibirnos usar el aceite de oliva.
Evidentemente, esto provocó algunas reacciones:
Nos unimos a uno de los chicos que ayudaba con su negocio, quien resultó ser un chef de cinco estrellas. Con él, aprendimos innumerables recetas y, además, cómo manejar una motosierra (ver video más abajo).
El último voluntario que se unió se fue antes de lo esperado, harto de la situación con el anfitrión, lo que desató una revolución entre los cuatro que quedamos.
Cada tarde, escapábamos en nuestras bicicletas en busca de cerveza y snacks hasta que una de las bicicletas pinchó la rueda, dejándonos sin formas de huir.
Estos acontecimientos, además de hacernos replantear nuestra primera experiencia como voluntarios, lograron fortalecer nuestro vínculo y unirnos aún más como amigos.
Los días pasaban y la frustración aumentaba.
Fue en uno de mis últimos días cuando me despertaron bruscamente de la siesta unos golpes en la puerta, seguidos de la frase:
"Chicos, salid, ha pasado algo..."
"Han echado a Camilo", fue lo siguiente que escuché.
Un aumento en el precio de la energía y un fallido intento de cocinar un pastel de manzana en un horno industrial fueron los detonantes de una discusión que terminaría con el despido de Camilo.
"Gracias a ti, ahora soy un vagabundo", fueron sus últimas palabras antes de irse.
Pasamos horas discutiendo lo sucedido, entre intentar llegar a un acuerdo con el jefe —lo cual era una misión imposible— y trazar nuestro plan de fuga para el día siguiente. Fue una decisión tomada al unísono entre los tres voluntarios que quedábamos en pie: nos íbamos.
Nos despertamos, preparamos las maletas en silencio y conseguimos convencer al cocinero de que nos llevara en secreto a la estación. Mientras ultimábamos nuestro discurso de despedida, el huésped y su esposa hicieron su aparición. Entre miradas incómodas y una tensión palpable en el aire, que presagiaba lo que se avecinaba, anunciamos nuestra partida. Media hora después, ya estábamos a bordo de un tren rumbo a Tallin, donde nos reunimos con nuestro amigo.
Al día siguiente, nos dirigimos todos juntos a Finlandia.
Mucha gente pensó que esta experiencia era el ejemplo perfecto de por qué no hacer voluntariados. Pero eso fue un error. Gracias a la incongruencia del huésped, al apoyo del grupo y a una gran fortaleza mental para seguir adelante, aprendí a no conformarme, a entender que siempre hay una solución y, sobre todo, a tener siempre un plan B, una vía de escape. Como ya he dicho antes, una primera mala experiencia no determina el rumbo de las siguientes.

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