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Pesadilla en la cárcel aeroportuaria: 4 días detenido en condiciones miserables
Son numerosos los casos de personas a las que se les ha denegado la entrada en el país de destino. Sin embargo, son sólo unas pocas historias las que consiguen sobrepasar el ámbito de lo particular y transcender a la opinión pública.
La denegación de entrada por las autoridades de inmigración puede deberse a la ausencia de la documentación necesaria o a otras causas convencionales, pero ¿qué ocurre cuándo simplemente te niegan el acceso a un país por tu nacionalidad?
En septiembre de 2023 Orhan Kocakoç se sentía afortunado por desplazarse a un nuevo país una vez más, de poder recorrer el mundo con una mochila a las espaldas, como llevaba haciendo desde hace cuatro años.
Esta vez, México era la parada que con tantas ganas había preparado en su itinerario.
Ciudad de Guatemala a Cancún. Estaba en el aeropuerto. Todo marchaba con normalidad hasta que llegó al control de pasaporte donde su visita daría un giro de 360 grados.
“Oh, eres turco, interesante. Otro que quiere utilizar México como puente de entrada en EEUU”. Fueron las palabras que el policía de aduanas dijo en alto antes de enviarle a la oficina donde pasaría el resto del día.
Un interrogatorio compuesto de preguntas sin respuesta válida fue lo siguiente que acontecería.
– ¿Cuánto tiempo vas a pasar en México? “Dos o tres meses. Viajo de mochilero, si me gusta me quedo más tiempo, si no, me voy”, explicaba Orhan.
Le pidieron su visa electrónica y su reserva de hotel.
“Esto no está pagado”, decía el oficial, mientras Orhan se dedicaba a aclarar amablemente que lo habitual era pagar una parte por adelantado y el resto en recepción. Nada bastó. Aún contando con toda la documentación necesaria, lo único que recibió fue un seco y frío “vale, siéntate”.
Fueron siete horas las que Orhan tuvo que esperar, rodeado de otros muchos viajeros provenientes de destinos tan remotos como China o Rusia, simplemente retenidos por tener un pasaporte “equivocado”. Durante esta espera, le requisaron el móvil. “No podía contactar con nadie”.
Transcurrido casi un tercio del día en una sala de espera, Orhan decidió entablar conversación con los supervisores.
“Déjame ir, no necesito entrar en tu país”.
-No puedes, tienes que seguir las reglas, le indicó el responsable.
¿Cuáles son?, dijo Orhan. Pues que tienes que esperar.
La espera había acabado con su paciencia y tras negarse a la respuesta del policía, entre forcejeos, empujones e insultos fue encerrado en una celda de aislamiento durante cuatro horas más. La pesadilla no había hecho más que empezar.
La celda era una sala de reducido tamaño, desprovista de ventanas y con un inodoro del que emanaba un olor nauseabundo que impregnaba las paredes. Un pequeño agujero con ranuras incrustado en la puerta, dejaba entrever unos pocos rayos de luz. Aquello, era lo único a lo que Orhan podía aferrarse para no derrumbarse.
“No podía respirar. Me acercaba a aquel pequeño recuadro y rezaba para que la poca brisa que recorría el pasillo fuese suficiente para llenar de oxígeno mis pulmones”.
Entre gritos y lágrimas Orhan les suplicaba a los policías que le dejasen salir. “Tenía mucha ansiedad. Por favor ayudadme, les pedía. Pero nadie vino a por mí”.
Había pasado medio día desde su retención, cuando fue trasladado a una celda donde había un gran número de personas, en su mayoría de origen sudamericano.
Cuatro días y tres noches fue el tiempo que le arrebataron estando encerrado en aquel lugar.
Aislados en una sala a escasos metros del control de pasaporte, los pasajeros se pasaban las horas observando como rechazaban a muchas personas y como otras lograban cumplir sus sueños e ingresar en el país que hace tan solo unos días formó parte del trayecto de tantos otros.
“Era como un juego, imaginarte que eres un personaje más en una película y observar el destino de tantos viajeros”.
En condiciones tan penosas como tener que establecer turnos para dormir en el suelo o en la cama, sin duchas y sin saber cuándo iban a comer, todos los días trasladaban gente. Iban y venían.
Entre ellos, numerosas familias con niños; otros, simplemente viajeros y turistas ansiosos por empezar su visita al país. Todos tenían algo en común, su tiempo había sido robado, a la par que su esperanza por recibir la autorización para salir del centro de retención.
Sólo podían utilizar el teléfono móvil una vez al día así que como último recurso Orhan decidió ponerse en contacto con un amigo que ejerce de abogado en México. Este solicitó que alguno de los agentes accediera a hablar con él, pero todos los intentos acabaron fracasando.
No sería hasta el cuarto día cuando finalmente dieron luz verde a su deportación tras haber encontrado un hueco en un avión con destino a la Ciudad de Guatemala, donde actualmente se encuentra.
No es una historia aislada. Al final, no es más que un sistema arbitrario que cualquiera de nosotros puede llegar a sufrir. Dejando de lado que la decisión subjetiva de un funcionario, no debería ser motivo de detención, si este caso llega a darse, deberíamos exigir que se garantizara el cumplimento de los derechos humanos más elementales. Algo tan simple como tres comidas al día, una cama donde dormir o asesoramiento legal.
Por ello, criterios, condiciones e instalaciones en las salas de retención deben mejorar.
Orhan es solo una historia más, pero esta vez es una historia escuchada.